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La realidad y los medios, por Víctor-Isolino Doval

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El dogmatismo es una de las expresiones de la estupidez humana. Como es obvio, en su raíz está la palabra «dogma», cuyo origen es el griego dóxa. La antigüedad griega usaba ese vocablo para «opinión», una certeza anclada en la mera subjetividad de quien lo posee y que no depende de la realidad. La dóxa griega no calificaba como conocimiento y era despreciada no sólo porque alejaba a la gente de la verdad, sino porque ofrecía una apariencia de verdad. Por esa razón, la dóxa era muy peligrosa.

El vínculo de las personas con la realidad y entre ellas, no puede fundarse en la dóxa. Pongo un caso ridículo. Piénsese en dos personas que acuerdan una cita para el jueves, a las 17.00h, en la glorieta de la palma. Ninguna de las dos llega al encuentro. Luego se topan en la calle. «¿Por qué no llegaste?», pregunta una. «Sí fui; pero no tú no estabas. Te esperé hasta las 18.00h».

Resulta que una de ellas, creyó que el jueves era el miércoles. Estaba absolutamente segura de ello. Este dogmatismo es inocuo. Pero hay unos más peligrosos. Por ejemplo, creer que existe una raza superior a otra y que ésta última debe ser exterminada.

A medida que las realidades son menos evidentes, el dogmatismo florece con mayor facilidad. Es evidente que esto que usted está leyendo no es un piano. Sin embargo, no es tan evidente si la despenalización de las drogas pueda reducir la criminalidad o detone una escalada de adicciones.

Cuando la realidad de la que se trata carece de esa fuerza de la evidencia, surge el desacuerdo. Nadie en su sano juicio discutiría al respecto de que esto que usted tiene ante sus ojos es un hotel. Usted está leyendo palabras, no delante del mar. Sin embargo, uno sí discute sobre la masa de Plutón o el mejor equipo de futbol porque en ambos casos tenemos pocas evidencias.

El ámbito de lo humano y lo social –lo que en el pensamiento clásico se llama ética y política– es escabroso porque carece de evidencias incontrovertibles. Prácticamente todo lo que nos concierne como individuos o ciudadanos, puede discutirse. Dónde poner una calle, si la solución a tal asunto depende del presupuesto, ir o no a terapia, leer esto o aquello. El género humano es casi tan indeterminado como sus propios miedos.

De ahí que, para la convivencia, necesitemos de un cierto tipo de arreglo. Una vía es la imposición de la solución que a alguien se le ocurrió. Durante muchos años, el arreglo social se ejerció mediante la violencia. Poco a poco fuimos construyendo un marco de civilidad para no matarnos entre nosotros.

El imperio de la ley, mediante un contrato social razonable, parece que garantiza cierta estabilidad entre una pluralidad de personas inmensa. Una estabilidad indispensable para trabajar, para dedicarse a leer novelas e intentar ser más o menos feliz.

Sin embargo, hay quien se niega a respetar ese pacto y está empeñado en vivir, no sólo fuera, sino en contra de él. No me refiero al ladronzuelo que hurta gansitos del Oxxo; estoy pensando en una horda que incendia el Oxxo, secuestra, mutila, viola y asesina a ciudadanos.

En ese momento debieran activarse los mecanismos de fuerza cedidos al Estado para contener a los criminales. Bastaría el secuestro de la vía pública o un asesinato para que ese monopolio de la violencia operase a favor de los ciudadanos.

El otro día, leí el siguiente tuit en la cuenta del señor Epigmenio Ibarra: «El narco quema tiendas y vehículos; los medios amplifican las acciones; la comentocracia y los líderes de la derecha conservadora utilizan los eventos para golpear a AMLO; un mismo propósito une a capos y a conservadores; unos prenden fuego, otros lo esparcen».

La reciente y furiosa embestida del crimen organizado en Jalisco, Baja California y Guanajuato es evidente. Es evidente también que esa embestida no es un evento aislado y que se suma a otros por todo el país, que van desde secuestros, asesinatos, violaciones hasta los cotidianos robos en el transporte público o a mitad de la calle.

El dogmatismo provoca que la fe y las creencias personales se impongan a una realidad que es complejísima e independiente de mis opiniones. El único medio válido para tratar de comprender esa realidad con la mayor objetividad posible es la honestidad intelectual, no la lealtad dogmática.


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